Educación para el desarrollo

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Educación para el desarrollo

El derecho al desarrollo es un derecho humano inalienable en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar del él.

Artículo 1.1, Declaración sobre el derecho al desarrollo, Asamblea General de las Naciones Unidas, 1986

Paz, desarrollo y democracia forman un triángulo interactivo. Los tres se requieren mutuamente. Sin democracia no hay desarrollo duradero: las disparidades se hacen insostenibles y se desemboca en la imposición y el dominio.

El Derecho Humano a la Paz, Declaración del Director General de la UNESCO, enero de 1997 La Educación para el desarrollo es un enfoque educativo cuyos contenidos se ocupan de las relaciones norte-sur. También, considerando una visión más amplia, una educación global que integra la coeducación, la educación intercultural, la educación para la paz, la educación para la solidaridad, la educación ambiental,.. como dimensiones de un mismo proceso.

Existen, de este modo, dos enfoques para la Educación para el desarrollo:

  • Una concepción específica que se limita al entendimiento de las relaciones norte-sur.
  • Una concepción más amplia e integradora que engloba otros tipos de educación, como son: la educación en valores, la educación para la solidaridad, la educación intercultural, la educación para la tolerancia, la educación para la paz, la educación medioambiental, la educación para la salud, la educación para el consumo, la educación para los derechos humanos,...

La educación para el desarrollo surgió en los países desarrollados durante el período de descolonización de los años 50 y 60, en relación a la cooperación para el desarrollo y las ONG. Sin embargo, fue a principios de los 80 cuando experimentó su evolución fundamental y adquirió los perfiles con los que se ha definido anteriormente, de la mano sobre todo de ONG británicas, holandesas y nórdicas. El modo como se entiende la educación para el desarrollo ha variado con el tiempo, en función de los diversos enfoques y teorías sobre el desarrollo existentes en cada época.

Origen y evolución del concepto de educación para el desarrollo

El artículo 26.2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 establece, respecto de la educación que tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz. La Declaración sobre el derecho al desarrollo, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución 41/128, de 4 de diciembre de 1986, reconoce el derecho al desarrollo como un derecho humano inalienable en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar del él.

En las décadas de los 50 y 60 algunas ONG realizaron campañas de sensibilización de la opinión pública, con el objetivo de difundir información sobre los problemas del desarrollo y para recaudar fondos. En las décadas de los 60 y 70 surge una creciente preocupación internacional por los problemas del desarrollo, así como a una nueva interpretación de éstos; la teoría o paradigma de la dependencia, que interpreta la pobreza de los países del tercer mundo como consecuencia de las injustas relaciones estructurales de desigualdad que les ligan a los del Norte. La aparición de ONG, centros de investigación y la renovación pedagógica (P. Freire, I. Illich) forman el germen para la educación para el desarrollo, que deja de entenderse como una acción informativa, para abordar un enfoque que analiza y explica las causas y consecuencias de la desigualdad norte-sur.

En los años 70 los currículos escolares se abren a los problemas mundiales, a reflejar en la educación cuestiones en relación al desarrollo y a incorporar las propuestas de la renovación pedagógica. Es en este período cuando la expresión educación para el desarrollo se generaliza.
Paz, desarrollo y democracia forman un triángulo interactivo. Los tres se requieren mutuamente. Sin democracia no hay desarrollo duradero: las disparidades se hacen insostenibles y se desemboca en la imposición y el dominio. (Imagen: wikimedia.org)

La década de 1970 supone un incremento importantísimo de iniciativas en educación para el desarrollo, orientadas en su mayoría a abrir los currículos escolares a los problemas mundiales, a reflejar en la educación las cuestiones de desarrollo y a incorporar las propuestas críticas y emancipatorias de las corrientes de renovación pedagógica. Se generaliza la denominación de educación para el desarrollo, al tiempo que surgen grupos de base y centros que tratan de ponerla en práctica en Países Bajos, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. En esta línea, cabe destacarse la “Recomendación sobre educación para la comprensión, la cooperación y la paz internacionales y la educación relativa a los derechos humanos y las libertades fundamentales”, formulada por la unesco en 1974, que dio impulso a la educación sobre “cuestiones mundiales”, en particular en la educación formal.

En los años 80, por su parte, surgen iniciativas oficiales, como el “día del Tercer Mundo” de las escuelas francesas, instaurado en 1981, o el “día de la educación mundial” de las escuelas belgas, celebrado desde 1985. Pero más relavante es la ampliación que se da en la agenda de la educación para el desarrollo, como reflejo del contexto internacional del momento. Se trata de una década caracterizada por el rebrote de la Guerra Fría, el auge de los conflictos regionales en el Tercer Mundo, la concienciación sobre los problemas medioambientales y el retroceso socioeconómico en muchos países pobres. En consecuencia, la educación para el desarrollo centra su atención en problemas como la crisis de la deuda, el armamentismo y los conflictos, el deterioro medioambiental, las hambrunas o las migraciones, junto a otros como la situación de los niños y las mujeres. Además, muchas organizaciones asumen que el cometido de la educación para el desarrollo no puede obviar el cuestionamiento de un modelo de desarrollo depredador de los recursos y no sostenible.

A partir de los 90, la educación para el desarrollo afronta varios desafíos. Uno de ellos es el de acomodar sus contenidos y objetivos a los nuevos procesos que caracterizan al escenario internacional, como la globalización, reflejando experiencias y propuestas alternativas, y estableciendo redes que posibiliten actuaciones a escala global. Del mismo modo, se plantea la necesidad de integrar dimensiones propias de otras “educaciones” afines (para la paz, para los derechos humanos, multicultural, ambiental, etc.), pues sólo de esa manera podrá convertirse en un instrumento útil para el análisis crítico, la comprensión y la motivación a la acción, en el contexto de un mundo cada vez más complejo e interdependiente (Mesa, 1994).

Por otro lado, es necesario señalar que desde sus comienzos ha existido, y aún perdura, una confusión entre educación para el desarrollo y sensibilización, presión política, marketing, etc. Una iniciativa que se ha esforzado por delimitar el concepto de desarrollo y diferenciarlo de otras prácticas de las ONGD fue la elaboración en 1989 de un Código de conducta respecto a imágenes y mensajes a propósito del Tercer Mundo por parte del Comité de Enlace de las ONGD ante la UE. El Código estableció los siguientes objetivos fundamentales de la educación al desarrollo a la hora de producir mensajes e imágenes destinados al público: a) promover la concienciación sobre los problemas del desarrollo, la comprensión de sus causas y soluciones, la interdependencia y la reciprocidad; b) estimular la participación de todos en el debate para sostener una política de verdadera cooperación política, económica y cultural; c) intensificar la solidaridad entre los pueblos con todos los socios posibles por medio de un mejor conocimiento recíproco; d) reforzar el compromiso de las ONGD, de los Estados y de la CE con los cambios estructurales en favor de los desheredados.

La educación para el desarrollo es un proceso a medio o largo plazo que posibilita la capacitación, formación y puesta en marcha de estrategias de actuación con respecto a la realidad global por parte de las personas o grupos que participan en ella. Un rasgo que la caracteriza es que impregna e influye sobre cuatro dimensiones diferentes: personal, comunidad local, nacional e internacional. Así mismo, es un concepto dinámico que va evolucionando con las personas con las que interactúa bien sea en el marco de la educación formal, no formal o informal.

En el ámbito de la educación formal, la educación para el desarrollo suele perseguir el fomento de diferentes valores y actitudes: autoestima, comprensión, justicia-equidad, empatía, tolerancia, solidaridad y cooperación. Las metodologías y técnicas para ello se inspiran en gran medida en las de la educación popular y, a pesar de su diversidad, suelen contener los siguientes componentes esenciales: formulación de hipótesis; búsqueda, reunión y clasificación de información; análisis; comunicación; contraste y debate; y planteamiento de estrategias de acción.

Por su parte, la educación para el desarrollo en los ámbitos no formal (ocio y tiempo libre) e informal (predominantemente los medios de comunicación) tiene otras estrategias específicas y adecuadas a esos medios. En esos contextos, la educación para el desarrollo suele verse como un paraguas que engloba diversos tipos de acciones, desde campañas de sensibilización, hasta movilizaciones, investigación, denuncia, lobby político, etc. En cualquier caso, un criterio básico es que, tanto en el ámbito formal como en el no formal, la educación para el desarrollo no puede consistir en acciones aisladas, sino en un proceso más amplio de reflexión, formación y acción transformadora, que requiere una estrategia global a medio plazo.

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